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miércoles, 9 de julio de 2014

Busco esposa que me mantenga (Parte 1)

Jerónimo miraba sus zapatos, gastados, polvorientos y rotos. Si no fuera tan pobre…
Recordó que el día anterior, mientras tomaba un trago en la cantina, escuchó a Rogaciano contarle a sus amigos como Frausto González había conquistado el favor de Griselda Chávez Terrazas, joven heredera poco agraciada y medio imbécil.
Frausto era un joven atractivo de mucha labia y muy interesado. Trabajaba en la construcción al igual que Rogaciano, lo que le concedía un físico digno de concurso de fitness, todo su sueldo lo invertía en su imagen y frecuentaba los lugares de moda, y caros, a donde iba la chorchada del pueblo. Por fin sus incursiones en la vida social de los ricachones, habían dado fruto, Frausto se casaba con la única heredera de Don Cuchufleto Chávez, mejor conocido como Don Fleto, dueño de locales comerciales, un rancho de 5 mil hectáreas, ganado, y nogaleras.
Jerónimo seguía mirando sus zapatos y pensando en la suerte que tienen algunos idiotas; mientras se compadecía miserablemente de si mismo, vio a una joven de compras en la mercería, sin ponerle atención a ella, miraba las telas que elegía, y en ese ensimismamiento estaba cuando el mendigo del templo, ese que llamaban "la greñuda" por que su cabello siempre parecía una de esas plantas que ruedan en el desierto los día de viento, se acercó y le dijo, se llama Ignacia, es la hija de Atanasio Rodas.
A Jerónimo de inmediato se le prendió el foco de alerta, ¡Por fin su suerte cambiaba! La muchacha se veía cohibida, insegura, -¡De aquí soy!, pensó.
Le lanzó una moneda al mendigo, emocionado por la información recibida, se acerco al cristal de la tienda y usándolo a modo de espejo, intentó acomodar su rebelde cabello que, sobretodo en la coronilla, amenazaba con acusarlo al cielo por lo que pensaba hacer. Finalmente lo dejó, no podía perder tiempo, las hijas de "Don Tacho" nunca andaban solas, era ésta una oportunidad de oro.
Entro a la mercería y se acercó a Ignacia, sentía su mente en blanco pero...
-e Señorita, ¿podría ayudarme a elegir tela para mi madre? e La joven lo miró extrañada por un segundo, bajó la mirada y balbuceó algo que sonó así "yo no trabajo aquí" e Ya se que no, pero se ve que usted es una mujer que sabe de estas cosas, es por eso que me atrevo a pedirle su ayuda, quiero regalarle a mi madre una buena tela para que se haga un lindo vestido.
El viejo truco del buen hijo funcionó; aunque en realidad Jerónimo ni sabía donde estaba su madre, desde los 11 años se crió en las calles después de que ella se fue con el malabarista de un circo venido a menos que pasó por el pueblo.
Al muchacho no le gustaba trabajar; la idea de casarse con una mujer de dinero, como hizo Frausto que se pasaba los días de un lado a otro sobre cuatro ruedas "supervisando" los negocios de su mujer, le parecía fantástica; supo aprovechar su oportunidad, y aunque sabía que Ignacia estaba prometida al hijo del mejor amigo de Don Tacho, la pretendió a escondidas desde ese día.
A Ignacia, Jerónimo no le era indiferente, tampoco estaba enamorada, quizás le emocionaba la idea de sentirse atractiva, Cutberto, su prometido, no era expresivo y a veces parecía estar en otro lado mientras cumplía con ir a visitarla, casi nunca hablaban.
La verdad era que Cutberto estaba enamorado de la chacha de su casa, pero esa es otra historia.
Ignacia sabía que su deber era casarse con Cutberto, pero le daba rabia tener que obedecer a sus padres y soportar a ese pazguato por el resto de su vida, además tan feo que era, no quería hijos horrendos. Por eso se decidió, en cuanto Jerónimo, que no era feo, le pidiera que se fugaran, ella aceptaría, con el tiempo llegaría a quererlo, enseñarle modales, buenas formas y un buen peinado, pero era lo de menos y sus padres tendrían que aceptarlo. Al menos eso creía ella…
Desde que Jerónimo vio posibilidades con Ignacia, se esmeraba mas en su aspecto, bueno, lo intentaba; le costó un día de comida llevar a bolear los zapatos y lavar y planchar la poca ropa que tenía más el costo del baño público, con lo único que no pudo fue con su cabello, rebelde como el que lo portaba, el peluquero terminó con los brazos hechos polvo y seguía pareciendo cactus. Cuando por fin salió de la peluquería, aquel hombre dio un suspiro de alivio y se preguntó quien sería la tonta que se fijara en ese muchacho.

La tonta, Ignacia, se salía por la ventana de su habitación a las 9 en punto, al amparo de la oscuridad se dirigía a las caballerizas donde se veía con Jerónimo. El muchacho era torpe en su trato pero tierno, y eso le gustaba a ella que no conocía de caricias masculinas. Una de esas noches Jerónimo se animó y le pidió matrimonio, ella que ya venía pensando escapar de la rígida disciplina familiar, aceptó sin pensarlo dos veces.

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