Era la temporada de higos, Micaela había recolectado los más maduros para preparar una mermelada; llenó una gran palangana. Después de cenar con su marido Bonifacio; preparó la cazuela de barro, la de las mermeladas, una pala de madera y los ingredientes.
Bonifacio se había ido a dormir, su pareja durante 22 años, nunca fue un hombre cariñoso ni fogoso. Micaela compensaba sus carencias con exceso de trabajo, siempre estaba cansada y malhumorada.
Tan frías eran las relaciones que solo tuvieron una hija, la cual concibieron sin estar aun casados; ella era trabajadora doméstica, decían que de una figura envidiable, él un niño mimado con demasiado dinero y ninguna obligación. La enamoró, más por su figura, y la preñó. Las hermanas de Bonifacio hicieron un escándalo, él siguió su vida sin importarle la que venía en camino. Tuvieron que pasar 10 años para que él volviera a sus brazos, enfermo, viejo, acabado y con menos de la mitad de la fortuna heredada por sus padres.
Micaela lo recibió más por ser el padre de su hija que por amor, ese se murió cuando se vio sola con su niña.
Realmente nunca vivió la pasión de un gran amor, siendo una mujer a la que no le gustaba lo tibio, vivía así, tibiamente pero deseando tener grandes aventuras, un amor intenso, una vida llena de emociones; y solo tenía un marido viejo, enfermo, una hija que lo odiaba a él por abandonarla y a ella por permitirlo, y un rancho que la ayudaba a mantenerse cansada para no pensar, para no sentir.
En las reuniones sociales, Micaela era todo un suceso, cantaba, bailaba, tocaba la guitarra y las castañuelas. Tenía aun a sus años unas hermosas piernas, envidia de las demás mujeres y deseo de los caballeros; pero ella se debía a su marido.
Ya estaba cerca del medio siglo, pero aun se conservaba en buena forma. Y ¿como no?, si trabajaba 16 horas diarias, en casa y en el rancho que ella misma había vuelto a hacer productivo, por que Bonifacio casi lo pierde en deudas de alcohol y baraja.
Y hablando del rancho, siempre había tenido los mismos vecinos, hasta un par de meses atrás que uno de ellos vendió y llegó un nuevo dueño; ¡y que dueño! Alto, guapo, fornido, caballeroso, educado. El día que fue a presentarse, Micaela andaba en overol de trabajo con botas de hule, despeinada por subirse a los nogales. La encontró revisando el tractor, tan entretenida estaba que no lo escuchó llegar.
- Buenos días.
Micaela giró la cabeza al escuchar la varonil voz, lo tenia a escasos centímetros de su cara, de unos 50 años, algunas canas, pulcramente peinado y vestido, vaquero por cierto, así como se lo recetó el doctor. Apenada respondió el saludo y bajó del armatoste tratando de acomodarse el desordenado cabello que amenazaba con escapar del molote hecho de cualquier manera en su cabeza.
Al poner los pies en la tierra se dio cuenta que el hombre era bastante alto, se sintió intimidada, Bonifacio era más bajo que ella.
- Disculpe si la asusté, solo vengo a ponerme a sus órdenes; soy Jacinto Buenrostro, el nuevo dueño de La Chancla.
La Chancla era el rancho más cercano al de Micaela, si, era ya de su propiedad, Bonifacio tuvo que cedérselo para no perderlo en una de sus múltiples deudas.
Jacinto extendió su mano, grande, con huellas de trabajo pero limpias, Micaela hizo lo mismo y su delgada mano se perdió dentro de la de él, cálida y reconfortante. Por un instante sintió una bola en el estómago que se hizo grande y estalló dejándole esa sensación de mariposas revoloteando en su interior. Lo que Micaela no sabía es que esa sensación la acompañaría durante los meses venideros.
Estuvieron conversando sobre ambas propiedades, los planes de Jacinto, los derechos de agua de riego, el clima; todo ello mientras él muy servicial revisaba el motor del tractor que Micaela trataba de arreglar. Finalmente encontró la falla y funcionó.
- ¿Tendría un poco de papel para limpiarme las manos?
- Si, permitame.
Micaela se dirigió a la casita por servilletas desechables, Jacinto se dio perfecta cuenta que ese overol escondía una bella silueta, a pesar de los años. Pero educado a la antigua, no permitió que su rostro lo delatara.
Esa noche fue la que Micaela paso haciendo mermelada de higo, no podía dormir, solo veía en su mente el rostro de ese hombre y sentía remordimiento como si estuviera traicionando a Bonifacio, pero no podía evitarlo, intentaba no pensar pero recordaba, buscaba no recordar pero las mariposas no se iban.
Mientras, en su cama Jacinto daba vueltas, pensando en Micaela; durante su ronda por los ranchos cercanos logró averiguar que era casada, que si no fuera por ella ese rancho se habría perdido, que cantaba, que era alegre a mas no poder, trabajadora, excelente cocinera, ¡un mujerón pues!, con un marido atenido a ella, enfermo y flojo. Y él, viudo, sus hijos ya fuera de casa, solo, y ahora sintiendo como un jovencito con su primer amor, le molestaba y al mismo tiempo lo disfrutaba, luego lo sufría por que el objeto de su afecto le era imposible.
A partir de ese día Micaela no volvió a usar el horrible overol, se compró uno mas ceñido y arreglaba con esmero su cabello, aunque fuera un simple molote o una cola de caballo, buscaba que estuviera siempre en orden. Se miraba al espejo y se reñía a si misma por comportarse como cuando tenía 15 y era asediada por Bonifacio, que en ese entonces tenía 28 y ahora 60, aunque se veía como de 70.
Diario se veían de lejos, el ocupado con la construcción de una casa en La Chancla, y ella vigilando la cosecha de la nuez. El levantaba la mano en gesto de saludo y ella hacía lo propio, mientras ambos sentían tremendos tambores en el pecho.
El yerno de Mica, Otilio, no perdía detalle, era el asesor del rancho en su carácter de Ingeniero Agrónomo, iba ocasionalmente pero ya se daba cuenta que el vecino no le quitaba el ojo a su suegra, sonreía y pensaba que ella debía tomarlo como amante, su suegro era bastante deshabrido y ella aun estaba de muy buen ver.
- Otis, ¿como ves la calidad de la nuez este año?
- Hay poca merma suegra, parece que podremos aprovechar la mayor parte. Pero hablando de otras cosas, ¿cuando le va a hacer caso al vecino?, se le cae la baba cuando la ve, y ayer que estaba cantando se quedó muy atento escuchándola.
-¡Otis! Compórtate. Que no te escuche tu suegro decir esas babosadas.
- Vamos suegra, Don Boni ya ni picha, ni cacha, ni deja batear.
-¡Dios Santo! ¡Eres un grosero!
Esto último lo decía Mica sonriendo. Era verdad, ocasionalmente, muy ocasionalmente tenía intimidad con Bonifacio y muy aburrida por cierto.
Claro que eso no lo sabía Jacinto, pero lo sospechaba, después de todo lo mal que le habían hablado de Bonifacio, y las excelentes expresiones acerca de Micaela; solo podía suponer que no era feliz. Que esa alegría era una careta para ocultar su infelicidad matrimonial. Conocía la historia completa, contada por los vecinos; eso la hacía admirarla y querer hacerla feliz.
El día anterior, llegó de pedir material de construcción, cuando la escuchó, cantaba Los ejes de mi carreta, y se le encogió el corazón, su melodiosa voz sonaba triste.
Llegó diciembre, y como siempre, uno de los rancheros organizó su tradicional posada navideña. A la cita llegaron todos los agricultores de la zona, incluida Micaela, su guitarra y Bonifacio. Todos se dieron cuenta que ya no podía ni con su alma, en silla de ruedas, avejentado, pero en su juventud se dio la gran vida, fiestas, mujeres, viajes.
Mica se veía contenta, rejuvenecida, y cantadora como cada posada. Jacinto no podía quitarle los ojos de encima y Otilio disfrutaba la escena en silencio, conocía a su mujer, si mencionaba algo se ofendería, Tina pensaba que sus padres debían estar juntos por ella aunque ya no viviera en la casa familiar, se lo debían por los 10 primeros años en que no tuvo a su padre en casa.
Como era habitual que Mica bailara con sus vecinos en las fiestas, a nadie le extrañó que Jacinto la llevara a mover el esqueleto en la pista improvisada del rancho de los Ramírez.
Bonifacio estaba dentro de la casa conversando con el anfitrión, Mica entró a buscarlo y se quedó fría cuando lo escuchó.
-Tu sabes Viviano, Mica es buena esposa, nunca la quise, la deseaba y la tuve, pero volví con ella cuando me vi enfermo por que sabía que solo ella me recibiría. Ponciana nunca me perdonó haber embarazado a Mica y se casó con aquel francés que se la llevó de aquí, pero nunca deje de amarla.
Ninguno se dio cuenta de su presencia, salió silenciosamente de la casa y siguió caminando hasta llegar a las caballerizas, le temblaban las piernas, estaba molesta, decepcionada, furiosa.
Se sentó en una banca, inmersa en sus pensamientos; de nuevo, como cuando se conocieron, Jacinto llegó sin que notara su presencia. Cuando se acercó vio sus puños cerrados, no podía ver su rostro por que Mica miraba el suelo y el cabello le cubría. Se acercó y la tomó de los brazos para ponerla en pie, ella sorprendida levantó la cara y entonces pudo ver sus lagrimas y su dolor. La abrazó y ella soltó el llanto, estuvieron así, sin decir palabra unos minutos.
Mica intentó salir de sus brazos pero Jacinto ya estaba decidido, la besó y ella correspondió. También hablaron de lo que sentían, fueron completamente sinceros. Luego Mica le contó lo que había escuchado, que desde que lo conoció se sentía culpable pero ya no.
A partir de ese momento comenzaron a verse a escondidas, solo con la complicidad de Otilio, su yerno. Iba por ella los fines de semana para ver unas semillas, fertilizantes o cualquier cosa del rancho y la dejaba en la nueva casa de Jacinto, por la tarde regresaba para llevarla de nuevo.
A mitad de año, Bonifacio... colgó los tenis. Mica, que ya no sentía mas que lástima por él, cumplió con todas las condiciones sociales, el funeral, la misa, el novenario. Pasados seis meses de aquello, puso el rancho a nombre de su hija y se fue a vivir con su gran amor, Jacinto.
Dicen que nuestro verdadero Amor no es el primero sino el último, aquel que nos llena de Paz y Felicidad, me alegra que Micaela lo encontrará.
ResponderEliminarMe atrapo la historia, gracias!!
A ti por leerme
Eliminar