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miércoles, 6 de abril de 2016

Aprender a perder

No me gusta perder, pero perder personas, mascotas… Puedo perder en un juego o competencia y no me importará, siempre y cuando me divierta.
Cuando era muy niña, mi padre se fue de la casa y de cierta manera lo perdí; ya no lo veía a diario. Él siempre fue muy expresivo, me hacía falta por que mi madre no era dada a las manifestaciones afectuosas. Ella demostraba a través de acciones, la comida, hacernos ropa en su vieja máquina de coser, etc.
Ver a mi padre los fines de semana era una fiesta, una personal. Mis hermanos estaban enojados por que se fue a vivir con otra mujer. Para mi, esos eran problemas entre mis padres, yo lo extrañaba.
Me acostumbré a verlo así, cada semana o cada dos. Luego mi madre enfermó. Cáncer.
En medio de su ignorancia y orgullo tonto, dijo que no se sometería a una mastectomía, que si se moría sería toda de una vez. En parte pensaba que si le quitaban un pecho, las posibilidades de recuperar a mi padre se anularían.
Pasó por quimioterapia, perdió casi todo el cabello, adelgazó, siempre tomando pastillas para dolor. Yo no entendía bien, suponía que se aliviaría en algún momento como si fuese una gripe.
Finalmente ocurrió. Se murió toda de una vez.
La lloré, mucho. Luego en la adolescencia me enojé con ella, nos dejó, no se esforzó por mantenerse para nosotros, no le importamos. No lo dije a nadie por que en parte sentía que era la única que pensaba así; y de cierta forma me sentía equivocada, pero no podía dejar de sentirme molesta. La odié por importarle más perder un pecho que la vida.
Yo no quise tener hijos, haciendo memoria, no recuerdo haber sentido jamás el deseo de ser madre.
Ya como adulta y con muchos de esos sentimientos por mis padres adormecidos; corrí al encuentro de mi hermana mayor que acababa de perder a su esposo por más de 30 años.
Ella estaba hospitalizada. En medio de su dolor, salieron muchos temas, uno de ellos mi madre. Fue cuando me di cuenta que no era la única que estaba enojada porque no se cuidó para estar más tiempo con nosotros.
Solo una vez soñé a mi madre, y no me hablaba, era como si yo no estuviera frente a ella. Descubrí que a mis hermanas les pasó lo mismo. ¿Porqué la soñamos así las tres sin saber del sueño de las otras? No lo se. Quizás las tres nos sentimos ignoradas por ella.
Desde aquella infancia, odio perder un ser querido. Duele, y es un dolor que no calma una pastilla. Es un dolor del alma.
Solo con mi padre no lo sentí tan fuerte, por que arreglé mis asuntos con él durante sus últimos años de vida.
Con mi madre siempre quedaron cuentas pendientes. Cuentas que hoy al expresarlas, siento que voy saldando aun cuando ella no está para responderme. Escribir es, en este momento, mi forma de sacar esos sentimientos negativos para limpiarme.
No quiero seguir cargando con este lastre.

Tengo que aprender a perder.

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