Era un
extraordinario día invernal; Pantaleón que estaba jubilado, se levantó
temprano. Preparó la cafetera y mientras estaba listo el café, se asomó por la
ventana de la cocina. Sus ojos regularmente pequeños, se abrieron como platos
de asombro, encendió la radio y se fue con la rapidez que le permitía su edad a
despertar a Ernestina.
- Mujer, mujer,¡despierta!
Tina dormía
arrebujada y con dos almohadas, se sentó con ayuda de León y trató de mirarlo
pero apenas si podía abrir los ojos, tenía una línea de saliva seca en la
comisura de la boca. Siempre tenía dificultades para despertar.
- Mujer, ¡esta nevando!
Parecía que se le
había saltado un resorte al colchón, Tina salió de la cama y como pudo se puso
las pantuflas, sin decir una palabra fue al closet sacó el abrigo, se lo puso
encima de la pijama y salió.
Como aun no había
tráfico y además eran vacaciones escolares, la calle lucía blanca, brillante,
hermosa.
Se volvió a ver a su
marido que estaba en el dintel de la puerta.
- Pero no estaba pronosticado. Voy por mis botas.
Entró de nuevo y sin
tomar su obligatoria taza de café matutina ni percibir el aromático ambiente se
metió al closet. Salió con todo lo necesario y se puso a cambiarse, León tomó
su turno al closet y sonreía por que Tina silbaba una vieja melodía muy contenta
mientras se arropaba. La ayudó a ponerse las botas y ambos salieron a la calle.
En ese momento se
les olvidaron todas sus dolencias y jugaron como niños lanzándose bolas de
nieve y despertando al vecindario con sus risas.
Fue entonces cuando
Tina se fijó que la casa de enfrente, la que había sido el templo de los
Tormenta, parecía tener gente en su interior. Se acercó a su marido y le dijo
en voz baja.
- ¿Ya te fijaste? Creo que tenemos nuevos vecinos.
Una vez que los
autos comenzaron a transitar, y a arruinar la diversión a la que ya se habían
unido los niños del barrio, Tina y León entraron a casa para desayunar. Ella estaba intrigada, así que abrió un poco
la cortina para estar pendiente de los nuevos vecinos. Mientras lavaba los
platos y echaba una mirada ocasional por la ventana, dejó caer un plato, León
corrió a ver si no se había herido.
Tina estaba inmóvil,
la mirada fija en la ventana.
- ¿Tina estas bien? ¡Tina!
- ¿Eh? Si, ¡auch! Se me resbaló es que… ¡Mira!
Ambos se pegaron a
la ventana y miraron asombrados, los hermanos Tormenta, como los apodaba ella,
estaban limpiando la nieve de la entrada de la casa.
Mas tarde, cuando el
sol salió, se dedicaron a poner de nuevo la lámina que identificaba a la casa
como templo. Tina seguía en la ventana, había acomodado una silla y se cubría
las piernas con una manta, estaba como quien ve un interesante programa de televisión.
Escuchaba a Pablo Milanés mientras observaba atentamente los trabajos de los
hermanos, no se veía hielera por ningún lado.
A eso de las 4 de la
tarde León comenzó a dar vueltas por la cocina, abriendo y cerrando la puerta
del refrigerador, cuando Tina entendió el mensaje le dijo.
- Pide comida a domicilio, no voy a cocinar, esta vez voy a descubrir que diablos hay en la hielera.
- Eres una necia, voy a pedir pizza.
Pasaron los días,
Ernestina permanecía atenta a los movimientos de los hermanos; el letrero nuevo
decía que los jueves tenían culto de oración, los sábados recibían a los niños
para una especie de catecismo, y los domingos el culto normal. Y ocurrió algo
diferente, el jueves llegaron con la hielera llena y salieron con ella vacía.
Eso la intrigó más.
Ernestina Ruperta
Concepción Reyes de los Bosques, jamás de los jamases madrugaba los domingos,
ni los demás días. Este fue la excepción, se levantó tempranísimo, preparó
café, se dio un baño y cuando llegaron los Tormenta con su hielera vacía, ella
ya estaba en primera fila en la ventana de la cocina. Preparó el desayuno y por
primera vez fue a despertar a León, en vez de que él la despertara a ella.
León se sentó de
espaldas a la ventana a degustar sus hot cakes bañados en miel. Tina seguía
vigilante.
- ¿Vas a seguir en la misma? Ya te dije antes que esa hielera debe tener cerveza.
- No, no es cerveza, el jueves llegó llena y salió vacía, muy limpia, el domingo llegó vacía y salió llena. ¡Y deja de escarbarte los dientes!
- El último hot cake estaba quemado, seguro estabas con la narizota en la ventana y se te olvidó.
- El próximo domingo tu cocinas. Dijo Tina.
- ¿Ah si? Pues iré con Doña Ponciana por menudo, quizas hasta le acepte sus invitaciones a salir.
- Ese menudo es un asco y la vieja esa también, si quieres que te deje oliendo a fritanga cuando se cuelgue de tu brazo, allá tu.
- ¿Qué es esto? ¿Biblias?
Doña Ponciana
siempre le coqueteaba a León, la verdad es que a él le provocaba aversión la
mujer pero la saludaba por educación, ella se le acercaba mucho y nunca olía
bien, no como Tina.
Al final del culto
tormentoso, sacaron la hielera entre los dos, la intriga seguía. También vio
salir a la apestosa mujer del menudo, era la primera vez que la veía en el
culto de los Tormenta.
En el transcurso de
la semana intentó encontrarse con ella, hasta que lo logró, la cuestionó sobre
el culto, intentando saber de la hielera, sin verse evidente, pero Ponciana no
soltó prenda, además Tina le caía mal por que vivía con el objeto de su afecto:
Pantaleón.
Un mes después,
Ernestina no pudo mas, ya había pensado que hacer. En la primera salida a la
zona comercial de la ciudad, buscó un teléfono público ocupado, así no sería la
única llamada que saldría de ahí. Llamó a la policía e hizo una denuncia
anónima, les dijo que en ese templo estaban haciendo cultos satánicos y
destazaban cuerpos que luego sacaban en una hielera.
Tomó un taxi en la
siguiente calle y se fue a su casa para estar atenta. Como siempre acomodó la
silla y se puso a tejer. Ya habían llegado todos los creyentes y se oían los
cantos hasta la ventana de Tina. León entró a la cocina buscando algo que ruñir y no le puso atención, cuando tejía no hacía
caso.
Ya se iba a ver el
fut en la recámara cuando recordó que era domingo, que por primera vez desde
que volvieron los Tormenta, Ernes había salido y ahora tejía sin prestar
atención a los vecinos. Muy sospechoso. Se regresó, tomó una silla y se sentó a
su lado tratando de ver que pasaba en el culto. Solo se veían las cabezas sobre
la barda que daba a la calle.
Los Tormenta estaban
ya cargando la hielera, cerrada y al parecer llena cuando se oyeron las
sirenas. Cinco autos de la policía llegaron rechinando llanta y se estacionaron
de cualquier modo. Los agentes bajaron armas en mano y apuntaron a los hermanos
para que bajaran lentamente la hielera, un agente daba instrucciones por el
altavoz de la patrulla. Los feligreses estaban espantados al igual que los
hermanos. La gente se amontonó mientras los policías trataban de hacer una
valla humana, Tina estaba de pie mirando el espectáculo y tras ella León con
ojos desorbitados.
Un agente se acercó
a la hielera una vez que los hermanos la dejaron en el piso y se alejaron,
mientras los esposaban, la abrió y dijo ¡Suéltenlos! La orden se escuchó muy
clara pues el agente gritaba.
Finalmente los
soltaron y ya no se escuchó lo que hablaron con ellos pues agentes y hermanos
entraron al templo.
León miraba a Tina y
sospechaba pero ella no daba señales de entender lo que pasaba.
Al día siguiente en
las noticias de la radio se enteraron de la llamada anónima, León le pidió que
le dijera la verdad, Tina avergonzada confesó su culpa.
Al parecer los
feligreses no tenían biblia propia y los Tormenta las prestaban los jueves y
ellos las regresaban los domingos.
León estuvo riéndose
de su mujer durante semanas, Ponciana corrió la voz que Tina los había
denunciado por que tenía celos de ella.
Jamás la
interrogaron, pero durante meses no podía ni salir a barrer la calle sin
recibir miradas recriminadoras de los vecinos y de los Tormenta.
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