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domingo, 18 de enero de 2015

El Licenciado Tonayo

Ni era licenciado, pero así se hacía llamar: Licenciado Tonayo.
Siempre vestía formal; pantalón negro de terlenca, camisa blanca de popelina, mocasinees negros, bastante gastados, y una descolorida corbata que alguna vez fue negra y ahora se veía color pavimento.
Hermenegildo Tonayo se pasaba las mañanas afuera del edificio que concentraba diversas dependencias de gobierno. Buscaba inocentes, prometiéndoles agilizar sus trámites por una módica suma.
Con el dinero obtenido, compraba licor barato.
Tonayo no tenía casa, muy joven quedó huérfano y heredero de las posesiones de sus padres, casa, negocio y dinero. Pronto apareció una joven agradable, guapa y cariñosa que lo hizo pensar en matrimonio. Dos años duró el amor, el padre de la chica, abogado, lo dejó en la calle después del divorcio. Aprendió a la mala los tejemanejes y lagunas de la ley, a chicanear los trámites para obtener mas dinero y saber retirarse a tiempo.
Cuando quedó en la calle, pasó muchas noches a la luz de la luna, hasta que decidió dejar la ciudad y establecerse al norte del país. Ahí nomas llegando y se encontró una casa, no, muchas casas deshabitadas, la gente huía de la delincuencia; una sola le gustó y ahí se acomodó. Era la única amueblada, y muy lujosa, grande, espaciosa, con algunos cristales rotos en los ventanales y agujeros de bala en las paredes. Al principio los vecinos desconfiaban de Tonayo, pero una vez que supieron su nombre y que no era pariente de los dueños de la casa, comenzaron a tratarlo.
No entendía por que cuando lograba una buena ganancia, producto de sus trácalas a inocentes, nadie quería ir a "su casa" a festejar.
Ya tenía mas de un año viviendo a sus anchas en la lujosa propiedad, cuando una noche, en medio de una borrachera, escuchó que llegaba un vehículo y estacionaba afuera. Como no apagaron el motor, imaginó que  iban a dejar a algún vecino a su casa, de esos que trabajan hasta tarde. Se abrieron puertas y después todo fue un caos.
El sonido de los disparos, retumbaba en el silencio nocturno, los pocos cristales que quedaban empezaron a caer como confetti, Hermenegildo salió de su embriaguez con sorprendente rapidez y se refugió en la habitación trasera, al parecer reservada para el servicio de la casa. El ataque duró un par de minutos que para Herme fueron horas. Escuchó el chirriar de neumáticos y todo quedó en silencio, un sospechoso silencio. Se preguntó por que los vecinos no hacían ruido y salió. Cuando llegó al ventanal que daba a la calle, el vehículo regresó sin darle tiempo a esconderse. De la parte trasera bajaron tres encapuchados que ágilmente lo subieron y se lo llevaron.
Tonayo pensaba que lo había mandado secuestrar alguno de los engañados a los que jamás les agilizó un tramite, pero si les sacó bastante dinero, por su cabeza pasaban los rostros de mucha gente sin atinar cual de ellos podría ser.
De pronto lo bajaron a rastras y lo llevaron a una bodega, ahí lo interrogaron y golpearon, querían saber su relación con los dueños de la casa. Milagrosamente aceptaron que no tenía relación alguna cuando mostró sus identificaciones y vieron que venía de otra ciudad al otro lado del país.

Tuvo que volver caminando, no supo ni como es que tomó la dirección correcta y amaneciendo se encontró caminando a un lado de la carretera, un anciano se detuvo y lo llevó a la ciudad. Decidió buscar otra casa abandonada donde vivir, esa ya no era segura. Sin comer y con resaca, caminó horas hasta que encontró una que tenía cama. Le dolía todo su esquelético cuerpo y necesitaba descansar, comer era lo de menos.
La puerta estaba vencida y colgaba del marco solo sostenida por un tornillo. la acomodó como pudo y se dispuso a dormir. Y durmió, tanto que llegó la noche y el seguía roncando, amaneció y por fin abrió los ojos.
A los pies de la cama estaban un par de encapuchados, abrió la boca para decirles que ya lo habían interrogado el día anterior cuando recibió una andanada de disparos del arma de uno de ellos. Ahí quedó como coladera el Lic. Tonayo. Se había vuelto a instalar en la casa de un sujeto que tenía deudas con el crimen.

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